lunes, 14 de enero de 2008

La Margarita Indolente I

Cuando él me lo propuso, me pareció un poco loca la idea, de hecho pensé que como siempre sólo bromeaba; sin embargo al caer la noche y después de una deliciosa cena bañada en vino tinto de la Rioja, me lo volvió a proponer.
El hecho es que aún cuando no quisiera cumplir sus caprichos, no me atrevía a decirle que no, y a pesar de eso o tal vez por eso, tenía unas inmensas ganas de probar algo nuevo; ya había visto y leído algo de bondage, pero nunca me atreví a experimentarlo, salvo un ligero amarre a la cabecera de latón que adorna con su brillo y su lujo la habitación de paredes blancas y luz ténue en donde él y yo disfrutamos largas y deliciosas horas. Esta vez pasaríamos al siguiente nivel.
--Es lo que te traje de mi viaje a Massachusetts, un regalo para mi bruja consentida desde la mismísima Salem.
Sacó de una hermosa caja de madera con forro de terciopelo púrpura, unos brazaletes de cuero negro, con estoperoles cromados e inscripciones y dibujos de machos cabríos en aquelarre con voluptuosas y semidesnudas brujas; me emocioné al verlos, su sonrisa se ensanchó aún más al descubrir el enorme espejo de pié que adquirió en El Cairo o en India y que costó más trasladarlo sin que se rompiera que el espejo en sí.
Me pidió que me pusiera cómoda, y que me colocara los brazaletes, me fui detrás del biombo lacado y me quité el vestido y los tacones, dejando solamente el corsé que sin querer hacía juego con los brazaletes, reparé que eran cuatro y me coloqué dos de ellos en cada brazo, los cuales se cerraban al colocar dos argollas metálicas una junto a la otra, me volví a calzar los tacones y salí con ademanes teatrales de detrás del biombo, él ya me esperaba recostado sobre la cama y jugaba con una larga cuerda de algodón. Su expresión al verme con los cuatro brazaletes puestos en los brazos fue de divertida sorpresa, me pidió que me acostara a su lado mientras me quitaba los brazaletes más anchos de mis antebrazos para colocarlos sobre mis tobillos, mientras me acariciaba suave y diligentemente, las piernas y mi escote, me besó --Mi deliciosa y perversa bruja-- dijo mientras pasaba la larga cuerda de algodón a través de las argollas levantándo mis rodillas a la altura de mi estómago y mis muñecas casi tocando mis tobillos, dejando expuesto mi húmedo y rasurado sexo...

2 comentarios:

La libelula dijo...

Hey Lobo, tus amigas brujas y tu tienen historias de lo más interesantes, me encantaría ser la heroína de una a mi. Una muy larga.

Cuatroletras dijo...

Cuando leí el inicio de esta historia, me quede en el primer párrafo, una llamada telefónica interrumpió mi lectura, ¿el destino?, no sé, pero agradezco no haber terminado la lectura entonces, de lo contrario hubiera tenido que explicar porque cerrar los ojos para imaginarme atada y en tacones como ahora.

La voz femenina que describe la experiencia es interesante. Me asombra el escritor y espero mucho del hombre de esta historia.

Un abrazo