jueves, 4 de octubre de 2007

Atardecer

En la completa oscuridad de aquél armario de útiles de limpieza, entre escobas, cubetas, trapeadores, y ese resto de olor a lejía y desinfectante, Carolina y Apolonio se palpan con todo su cuerpo y en silencio, permitiendo que sus labios se exploren, dejando surcos de saliva en la piel saboreada por los besos y las lenguas de los dos nuevos amantes. Susurran piropos que creían olvidados, se llaman con otros nombres, con mil y un imágenes dactilares.

Ambos son caldera, locomotora y buque de vapor, saborean el gusto a penas rancio de sus alientos, van recobrando humedad y generando más calor. Sienten sin abrir los ojos firmezas casi borradas de sus caprichosas memorias, paisajes que la oscuridad fomenta, sin que esto les impida seguir cada caricia, musitando, cantando suavemente boleros, que los susurros convierten en candentes lengüetazos en los oídos sordos que recobran poco a poco los dotes auditivos ante las dulcísimas palabras.

Apolonio recarga el peso de su cuerpo desnudo sobre Carolina, corcel, ariete, ola. Carolina recibe a Apolonio, llanura verde, fortaleza a punto de ser invadida, playa calma de arenas ancestrales. Bufan, gimen. Las cuerdas bucales recobran por instantes la tensión del grito de placer, Carolina rasga con sus dedos en cuña la espalda encorvada de Apolonio.

Las piernas a punto del colapso, la penetración ilusoriamente imposible, vence a las tantas murallas, impuestas y propias, deslizándose Apolonio, con un seno de Carolina en la boca, hasta la explosión, las lágrimas en los ojos enceguecidos, los ruidos guturales, la sensación de volar con el pleno conocimiento de encontrarse cada vez más cerca del suelo o incluso debajo de el.

La puerta de aquel armario de útiles de limpieza se abre poco a poco, filtrando un hilo de luz hacia la oscuridad con olor a lejía, desinfectante y el aroma de dos cuerpos evaporando el deleite del amor. La luz se posa sobre la piel segundos antes acariciada, manifiesta la desnudez de dos cuerpos, la ropa de ambos en el piso.

La luz devela las manchas en esas pieles arrugadas, pletóricas de tiempo, légamo de amor y olvido, ilumina de a pocos, se posa sobre el ojo derecho de Apolonio, nublado y ciego. Carolina entrecierra los suyos, azules, hirvientes aun. Los ancianos descubiertos, ella muestra una satisfecha y desdentada sonrisa, él sostiene todavía el seno marchito y palpitante entre sus labios y su renovada flacidez con su mano izquierda, aun rezumando los postreros reclamos líquidos y espumosos, de lo que en teoría no debe suceder.

Dos enfermeros y una asistente fuera de quicio los miran sorprendidos, al acercarse al armario repararon en el ruido y pensaron que se trataba de ratas, por eso abrieron despacio. La agria asistente les reclama con el tono estúpido y recriminatorio que se usa con los ancianos.

-- ¡Que vergüenza Doña Carito!, vístase que ya van a dar las cinco y la cena ya está servida. De usted Don Apolonio no me sorprende ni tantito, súbase esos pantalones. La anciana desasió delicadamente su seno de la boca bordeada de blanca barba, acarició con ternura el cabello delgadísimo que corona al anciano, suspiró y sonriente, escurriendo la felicidad obedeció.

-- ¡Chingue usted a su madre, pinche vieja metiche!­­ Exclamó Apolonio a la asistente mirándola con negro odio desde su ojo bueno y subiendo sus pantalones --¿y ustedes de qué se ríen? Par de pendejos. Reconvino a los enfermeros, enfurruñado y mentando madres todavía con la camisa desabrochada, tomó protector la artrítica mano de Carolina y caminó junto con ella a ritmo de vals hasta el comedor. Los enfermeros y la asistente soltaron una carcajada.

Algunos días después del incidente; el Alzheimer borra casi toda huella de aquella encerrona en el armario de utensilios de limpieza. Pero dos ojos azules e hirvientes buscan desesperadamente un ojo negro y otro nublado, porque la sensación y el cosquilleo no desaparecen; se escuchan entrañables boleros en los oídos sordos, se procura encontrar nuevamente ese refugio oscuro, cálido y rejuvenecedor con olor a lejía y desinfectante, para dejar transcurrir otro atardecer.
A mi abuelo Polo

8 comentarios:

rossmar dijo...

Como es que te puedes olvidar de lo que es sentir las caricias en tu cuerpo, como es que el paso del tiempo y alguna mirada hace que recobres esa mirada y quieras volver a sentirlo?

Cuatroletras dijo...

Sublime, delicado, de una ternura inaudita, habla de un amor inmarcesible.

El amor y el erotismo tienen muchas caras, muchas edades, pero no se pierde tan fácilmente con el tiempo.

El paso del tiempo cobra una factura en nuestro cuerpo, pero nuestra mente tiene la edad de nuestras sensaciones y emociones.

Además nos habla de un parámetro de aceptación que esta fuera de los cánones de belleza y juventud como requisitos para un encuentro amoroso.

Una gran emoción me acompaño en la lectura de este cuento.

Un abrazo

mafalda dijo...

....


Somos piel y sensaciones, mi Lobo, eso ni la demencia de cualquier tipo logrará anular.
No tienes idea de la ternura que sentí al descubrir la edad de tus personajes, me entraron unas inmensas ganas de llorar. Simplemente me encanto.

Un beso mi Lobo.

Mafalda

AndreaLP dijo...

Por muchas experiencias, enfermedades y a pesar de los años, seguimos sintiendo la necesidad de compenetrarnos en la piel de otro. De sentir el roce, la saliva, las ganas y el calor de otro cuerpo.

Espero que el tiempo no se lleve, además de la firmeza de la carne, el deseo de amar.

Besos, Lobo.

Kix dijo...

Wow!!! Me requete encantó! Ahora lamento haber venido tan tarde a leerlo! De verdad que me encantó! No por ser ancianos se pierde ese enorme placer que es el sexo. Además bien que se las hace de jamón el viejito!

Me encantó, me encantó!

dull dijo...

Hace tiempo que te leo, pero nunca habia comentado.
Hoy solo me queda decir:
excelente!!!

Paola dijo...

Que divinaa manera de contar esta historia, esta tiernisima, me enterneció el reconocer a los protagonistas de esta tu historia. Bien se dice que l cuerpo se va acabando pero la llama del amor y la pasión sólo con la muerte netre ellos se extingue (fisicamente eh! poque en alma en nuestro corazón siempre vivirá.

Fascinante leerte mi Hermoso.

Besos tronados!!

Diana dijo...

La única manera en la que puedo explicar la gran.... ternura que inhunda tu relato, es pensando que tienes un gran amor hacía la imperfección. La perfección en si no existe, pero la imperfección se llena de pasión.