jueves, 12 de marzo de 2009

Siete pisos I (basado en la canción "7 pisos" de Presuntos Implicados)

Asunción sale de la regadera sin voltear hacia el espejo, el agua todavía escurre en su cuerpo maduro, aún firme, de señorita por tiempo. Las gotas caen sobre el azulejo y posteriormente en el tapete, seca su cuerpo hirviente de recuerdos, contempla asqueada su mano derecha y solloza al haber sucumbido nuevamente a la tentación.
Toma el rosario de cuentas de madera que dejó sobre la tapa del váter. Comienza a rezar, las cuentas corren entre los dedos, se viste sujetando las cuentas usándolas como tablas de salvación, salvación espiritual, sanación, dolor, autoflagelación.
El alma herida, la mente luchando entre Aves Marías y Padres nuestros, todo los misterios, todas las oraciones. Cae rendida por esa lucha, los principios contra los deseos, la tristeza amarga de la soledad y el autorechazo.
Sueña pesadillas, senos pubertos desnudos, sonrosados latientes, húmedos de sudor fresco, vaginas sonrosadas apenas cubiertas por un fino vello dorado, labios carnosos que se convierten en círculos del infierno, cada vez más profundos e insondables, senos semi infantiles cubiertos de espinas, su propio sexo que la devora a dentelladas hirvientes y húmedas con colmillos putrefactos,.
Asunción siente que se despierta, se observa a si misma y escucha ese alarido callado; paladea amarga esa angustia por no encontrar el rosario sobre el buró, tienta la superficie de madera del mueble y su angustia crece. Palpita en su pecho ese deseo a punto de salir al no encontrar la cadena de madera que logra calmarlo, Asunción se levanta y baja de su cama, se asoma debajo y mira dos ojos verdes que la hechizan, extiende su mano y una muchachita de quince años, con su blusa blanca con el escudo del Instituto y su faldita tableada, sale de debajo de la cama; Asunción la abraza y acerca sus labios a los de la ella, cierra los ojos al sentir ese aliento de manzanilla. Asunción se despierta.
El Rosario continúa en el buró, Asunción se santigua y comienza a rezar mientras el sudor escurre por su frente y espalda.
Una vez vestida con esa blusa abotonada hasta el cuello, la falda gris y triste, ese chalequito tejido en el convento por su hermana María y esos zapatos masculinos; toma su portafolios y se dirige a dar clases en el Instituto; tiembla de excitación, la volverá a ver, volverá a ver esos ojos verdes, sentirá su aliento fresco al acercarse a calificarla, se condenará al fuego eterno, lo sabe. Su mano derecha tiembla pasando una a una las cuentas del rosario.
Asunción inclina la cabeza correspondiendo al saludo de Don Gerardo, el vecino del segundo piso, quien regresa de la miscelanea con una botellita de ron en la diestra y un libro de amarillento y desgastado en la izquierda, el cual sujeta con la misma devoción con que Asunción sostiene el rosario.

5 comentarios:

sharles dijo...

Muy bueno, me gusto, sensual sin irse por el camino del morbo.
Te mando saludos y sigue escribiendo como siempre (o mejor).

ShAdOw dijo...

Deseos reprimidos y flagelados, hipocresía encubierta con la religión... lo acompañé con el video de lore cariño.

Espero los siguientes pisos...

Aullidos para ti!!

Anónimo dijo...

Me gusta el color de los lobos y el color de su aullido.

Saludos!!

Comienzo a mezclarme en esto de leer algo bueno.

El monstruo dijo...

Qué bien Lobo. Este relato sí me gusta matarile rile ron. Qué complicado es el debate de la conciencia sumado al miedo. Un abrazo carnalito, te amo.

Carlanoche dijo...

La represiòn, la culpa, estorbosas y asesinas hermanas de sangre. Me gustò y voy al segundo piso, me acompañas?