sábado, 27 de diciembre de 2014

Ayuda mutua

Al verla supe que había esperado toda una vida por ella, su mirada tierna y segura de si misma, su aplomo y natural belleza simplemente arrancaron un profundo suspiro.


Deseaba saber el costo de la suite, estaría un par de meses en la Ciudad y un amigo colombiano me había recomendado ampliamente el hostal cerca del centro de esa enorme Ciudad llamada México.

El lugar me pareció cómodo y el precio razonable. Ella me pareció simplemente hermosa. Muy amablemente me mostró el lugar, me dio las recomendaciones y me dijo que estaría un par de días más en la Ciudad. 

Tenía que actuar rápido sin que pareciera ansioso de estar con ella. Sentí que ambos nos reconocimos, de otra vida, de otra época. Sonreía y todo al rededor se iluminaba.

No dejé de admirarla y durante la noche repasé mentalmente sus delicadas formas de mujer, su sonrisa llegaba a mi a cada parpadeo, su cadera al subir las escaleras y unas delineadas piernas cubiertas por su pantalón negro.

Inquieto mordía las cobijas y busqué en mi celular su número, vi que no era tan tarde y le envié un mensaje deseándole buenas noches. No recibí ninguna respuesta. Traté de dormir, con mi deseo por ella palpitando debajo de las sábanas.

Al día siguiente mi celular tenía una llamada perdida de su número. Marqué y con voz somnolienta me respondió del otro lado de la línea. 
Enmudecí  y tratando de dominar mi nerviosismo le pedí verla. Preocupada me preguntó si estaba bien y si había algo malo en la suite.
Le dije que todo estaba bien, pero necesitaba verla para hacerle un par de consultas sobre la Ciudad. Más relajada me dijo que iría en un par de horas. Fueron las más largas de mi vida.

Llegó puntual y hermosa, con un suéter de angora y una falda ejecutiva; el hostal estaba vacío, escuché a mis vecinos salir y dejé de escuchar ruidos cotidianos.
Traté de parecer calmado pero sentía que mi excitación era notoria.

Ella me miró extrañada pero muy amable me preguntó qué dudas tenía, me ofreció un café y pasamos al comedor. Su aroma me excitaba aún más. No prestaba atención mas que a sus movimientos, su boca, la curva de sus senos bajo el suéter, me movía inquieto deseándola mas que a nada en el mundo.

Después del café me pidió que la acompañara a comprar unas llaves para el fregadero, no tenía que pedírmelo dos veces, me contó un poco más de ella, de sus hijos y su situación sentimental, yo no dejaba de pensar en la blancura de su cuello la sinceridad de su sonrisa.

Al regresar al hostal me pidió que le ayudara a medir las llaves, subimos y ella delante de mi me ofrecía una vista maravillosa de sus piernas y sus nalgas firmes y redondas, no podía ocultar mi emoción.

Llegamos a un pequeño pero iluminado cuarto de baño, yo había hablado muy poco pero a ella no parecía importarle, me entregó las llaves y se agachó delante de mi para desenroscar las otras piezas, no resistí más.

Tiré las llaves y la sujeté con fuerza de su cadera con ambas manos, pegué mi cuerpo al suyo y escuché un suave gemido de sorpresa, comencé a acariciar sus nalgas y sin soltarla incliné mi cuerpo sobre el de ella, acerqué mi boca a su blanco cuello y escuché como trataba de pedirme que me detuviera sin demasiada convicción.

Me acerqué a su boca y la besé, nos besamos y se volteó encarándome y abrazándome, mis manos no dejaron de acariciar sus nalgas y levantar su falda, su respiración agitada y un murmullo dulce. Te reconozco, te he visto antes, no sé en donde o cuando. Sus palabras se interrumpían con mis besos, levanté por completo su falda y con cuidado comencé a bajar sus bragas empapadas, sus manos acariciaban mi cabeza y me acercó a su sexo.

Mi lengua se alargó hasta tocarla, lamí despacio y sus manos me acariciaban con más fuerza, la humedad y el calor de su piel y de su sexo, me pedía que no parara, mi lengua la recorre despacio sin prisas. Mi miembro a punto de estallar.

Me levanté y sus manos buscaron mi cinturón y los botones de mi pantalón, mi virilidad lista y sus manos me acariciaron despacio, el aroma de nuestro deseo me hacía palpitar, sin mayores preámbulos la penetré furiosamente, embistiendo, besando mordiendo su cuello y sus carnosos labios, mis manos tratando de tocarla toda. Busqué sus senos levantándole el suéter, ella gemía y susurraba en mi oído, me ofreció sus senos y comencé a devorarlos, sus pezones erectos en mi boca su boca en mi frente.

El primer orgasmo lo alcanzamos juntos, mi semilla caliente escurriendo en sus blancas y torneadas piernas, mi sexo enrojecido y pulsante, nuestras bocas temblorosas y sonrientes.
Nos besamos tres veces más nos miramos y volvimos en sí.

 La puerta del hostal comenzó a escucharse, en un par de segundos nos volvimos a acomodar la ropa, ella con una sonrisa traviesa en los labios me pidió con la mirada que la siguiera, mas tranquilos bajamos nuevamente al comedor y nos sentamos frente a frente, la puerta se abrió y una pareja joven la saludó.

Me dijo que las llaves tendrían que colocarse mañana mismo, si no era problema que la ayudara como hoy. Por supuesto respondí que sí, que estaba a sus órdenes. Los muchachos se despidieron después de beber un vaso de agua y entraron a su habitación. Ambos movimos los labios y nos dimos las gracias mutuamente. Temblé al verla a los ojos y saber que pensaba y recordaba quienes éramos, quienes somos y quienes seremos.

viernes, 19 de diciembre de 2014

¿Feliz año nuevo?

Una palabra para definirme en estos momentos "Furioso". Las Erinias susurran en mi oído, me indican que la mejor manera de vengarme es olvidar, poner tierra de por medio y odiar cada instante vivido.

Mi mandíbula trabada, mi mirada torva y en el asiento de atrás de mi carro un par de bolsas negras de basura con toda mi ropa, vuelvo a salir como basurero, llevando mis pertenencias en esas oscuras bolsas que también han llegado a esconder cadáveres.

Manejo por una avenida solitaria, las luces roji-azules de las esporádicas patrullas me deslumbran y se reflejan en una solitaria lágrima que corre por mi rostro. Me orillo y me detengo un momento, bajo del auto y siento la náusea amarga de la bilis a punto de salir, las arcadas, el coraje, el dolor.

Trato de repasar los últimos cincuenta minutos de mi vida, trato de ordenarlos, volver para aprender de ese sendero ahora tan devastador. Recuerdo su mirada llena de coraje, de tristeza, de sentimiento. Nadie puede olvidar el rostro de una mujer ultrajada, aunque ese ultraje haya sido autoinflingido.

Antes de las explicaciones, brindamos, y su rostro molesto no me molestó en lo absoluto, sonreí brindé y bebí contento, su molestia se volvía pesada, una niebla terrible en la sala/comedor, todavía había familia disfrutando de los primeros momentos del año recién llegado, 1 de enero. Picaba las sobras de la cena y mis sonrisas no tenían cabida en sus ojos. Brindamos y por primera vez no me sostuvo la mirada. Empecé a preocuparme.

Las despedidas de rigor, los abrazos y todos los buenos deseos, ignoro si mi sentencia se dio esa misma noche durante la cena o si fue un simple impulso. La abracé y me rechazó, pensé que quería jugar el juego de rudeza que a ambos nos excitaba, pero sus palabras no podían estar más alejadas del deseo. Inició el interrogatorio, ¿Por qué la hora? ¿Por qué hasta ahorita? ¿Por qué? ¿Por qué?

Respondí tranquilo, brindé con mi mejor amigo, una, dos copas, ni más ni menos. Cené en casa, con mi familia y ya estoy aquí, contigo porque es aquí en donde quiero estar. Enfureció, los reclamos, y la sangre agolpándose en mi rostro, ella argumentó mi falta de interés por ella, por su familia, por sus cosas; me reclamaba hablando entre dientes, con los puños crispados, los labios temblorosos y los ojos hundidos.

Le repetí que ya estaba ahí, que no importaba, que estaba ahí, que había alcanzado a saludar a su familia, pero que deseaba estar con ella, la sujeté por los hombros y la besé apresuradamente en los labios, su ira se desató y su puño se impactó en mi boca. Desconcertado, enojado y profundamente triste, dejé de hablar, ella retrocedió un par de pasos asustada, habrá visto en mi rostro la marca de la bestia. Salí de la habitación y de la bodega debajo de la escalera tomé el par de bolsas de basura.

Al regresar abrí el ropero, comencé a sacar mis cosas, colocarlas sobre la cama, ella destrozando nuestras fotos, nuestros recuerdos, me sentí muy desdichado, humillado, mudo por completo. Lárgate ya, murmuraba, abandóname, lárgate, vete, vete, vete. Tronó sus dedos una, dos, diez veces.

Traté de terminar la faena lo antes posible, ella salió de la recámara y empezó a fumar, lloraba callada, la miré fijamente a los ojos, los míos a punto del llanto, no había nada en su mirada, veía hacia adentro, hacia su interior, me volví invisible y así invisible saqué mis cosas.

Me limpio con el dorso de la manga, escupo y trato de controlarme, subo de nuevo al carro, el amanecer se vislumbra a lo lejos en tonos rojos, manejo de nuevo y abro la ventanilla, el aire helado de ese primer día del año, el recuerdo que me seguirá y las tantas opciones de las que ambos nos  pudimos aferrar.

Con el gusto amargo de la bilis las Erinias siguen murmurando en mi oído. Me preguntan en qué momento todo acabó, si fue esa noche, meses atrás, o si en realidad nunca hubo nada. No les respondo, ellas se ceban en mi dolor y coraje, no encuentro respuestas, no deseo saberlas.

martes, 16 de diciembre de 2014

¿Por qué no me buscó?


Tengo que ser fuerte, me lo he repetido hasta el cansancio, acepto y redefino las consecuencias de mis actos, no vale la pena llorar sobre la leche derramada, quien te quiera hará todo para estar contigo ¿Y lo mereces? No sé ni qué es lo que quiero, feliz no era aunque a veces pensé que sí, siento que sí lo fui ¿y ahora? Definitivamente no es lo mismo que hace un par de años. Los sentimientos son distintos, las sensaciones diferentes, los sabores, los roces, los acercamientos. Nada es como era.

Me puse a prueba, me convencí de ser y de hacer, tomé riesgos, jamás pensé en estar y aparece él sin que yo lo esperara, sin imaginar que pudiese enamorarme así y menos a mi edad o pensé que mi edad sería un factor me dejé llevar, me convertí para él en dama, en puta en su todo y en su nada. Hoy me siento abandonada a pesar de estar con alguien más. Tenía tanto miedo de estar sola y ahora así me siento, tal vez desde que estaba con él, tal vez desde antes y él solamente fue un mero accidente.

¿En qué momento sucedió? ¿Cuándo dejó de ser mi mayor fantasía? ¿En qué momento lo comencé a odiar tanto? ¿Por qué me sigue doliendo?

No me debe de importar y me importa, deseo sonreír y no puedo, no deseo siquiera saber nada de él de su vida. Y sé, lo presiento, me incomoda recordarlo, encontrarlo en la calle aunque no sea él, compararlo con quien estoy, con quien estuve. Fingir este orgullo que tengo que mantener, jamás volver a ser débil, jamás volver a llorar por un hombre y admitir que he llorado.

Trato de entender que quiero dejar de sentir y hacer como ellos, como él. Deseo darle vuelta a la hoja, dejar atrás el sufrimiento, dejar de llorar por lo que me hizo, por lo que hice, por lo que dejamos de hacer, por lo que permití, por lo que exigí y deje hacer. Y él tan campante, tan seguro de sí mismo, tan odioso y soberbio.

Todavía recuerdo el primer día en que discutimos y la deliciosa reconciliación, la segunda vez que discutimos y la tierna reconciliación, la tercera vez que discutimos y la falta de reconciliación, la última vez que discutimos y su espalda, su cabeza moviéndose negativamente, sus pasos firmes siempre, sus puños que me aterraban tanto y el espacio entre nosotros cada vez más profundo, más lejano.

Tantos cambios, ya no soy una jovencita, estos bochornos, esta sensación de vulnerabilidad de lucha contra todos, la lágrima a flor de piel, un enojo constante, las palpitaciones, la excitación, el asco, los cambios de humor, el sudor, el desear decirle lo que siento y detenida en seco porque él no lo merece, o creo que él no lo merece o porque veo que a él no le importa; enmudezco.

¿Por qué no regresó? ¿Por qué no volvió si tenía la llave de mi departamento, de mi corazón, de mi misma? ¿No valgo la pena? Claro que la valgo, por eso ahora no estoy sola, estoy con un hombre, pero yo no me siento, aunque así yo lo desee, su mujer. ¿Por qué no lo busqué yo?

lunes, 15 de diciembre de 2014

Un tipo duro le llora al amor.

Solamente me siento deshidratado, enojado y celoso, pienso en ella, sin proponérmelo idealizo a la mujer que me sacó de su vida de la manera más violenta y grosera que pude imaginar. Todavía resuenan en mi mente sus últimas palabras "Poco hombre" y al mismo tiempo, con una mezcla de soportable humillación admito que extraño los paseos a su lado, su cuerpo, su boca.

Ayer la vi sin querer, acompañada por otro hombre, no sé si fue mi amor propio o un verdadero caso de celos, un dolor agudo me hirió en la boca del estómago, en seguida sentía como mi corazón se partía en dos o en tres pedacitos, ella sonreía con esa sonrisa que creí siempre reservada solamente a mí, simplemente no toleré más, di media vuelta y caminé tres cuadras tratando de sacudirme los deseos homicidas de mi cabeza.

¿Cuánto ha pasado? ¿Tres meses, seis, un año? Los hombres somos extraños, como género en particular, sentimos que somos invencibles, incomparables, insustituibles. Durante meses traté de evitarla y a la vez sabía que algún día tendría que confrontarla, sabía que ambos nos habíamos herido, aunque yo no sabía cuáles habían sido mis ofensas, siento, la recuerdo, la he soñado y jamás me atreví a buscarla después de la última discusión. Así pasó el tiempo, sin vernos, hasta ayer.

Hoy me parece encontrarla en todos lados, acompañada del mismo tipo, no la abraza, no la toca y sin embargo me hierve la sangre al verlos juntos. ¿Qué me duele en realidad? ¿Por qué recuerdo lo bueno, lo bonito lo sexual de nuestra relación? Acaso no es suficiente el saber que ya no quería estar conmigo, entender tardíamente que hizo todo lo posible para alejarme y a la vez presiento que lo hacía precisamente para que hiciera lo contrario, no lo sé, simplemente cada vez que los veo tengo unas infinitas ganas de hacer daño, a ella, a él o a mí.

Hoy sigo con sed, trato de evitarla y sin desearlo la vuelvo a encontrar, la veo triste, por fin viene sola y deseo acercarme, la saludo y no me ve o finge no hacerlo, me deja con la palabra en la boca. Mis puños se cierran ferozmente, mis nudillos crujen, estoy enojado, sediento y enojado, doy media vuelta para seguirla y algo en mi me dice que ya no, que no tiene caso, que la deje en paz y la deje vivir.

Pasaron dos semanas, ya no la encuentro casualmente, ahora la busco sin que me vea, empecé a espiarla, la sigo viendo igual de triste, es momento de devolverle la llave de su departamento, pero se la dejaré cuando ella no esté, quisiera dejarle una carta, explicarle cuánto he sentido su ausencia, su presencia, nuestras noches, y empiezo a recordar las discusiones sin sentido, su falta de sentido del humor y como poco a poco dejamos de buscarnos, me regresa esa ira sorda y me encamino hacia su departamento.

Al abrir la puerta lo primero que noté fue el olor, huele diferente, ya no huele a hogar, huele a pino, antes solamente olía a manzanas con canela, entro a la recámara y noto que la cama tiene otra colcha, no la había visto. Sobre el buró está un marco con una foto rota por la mitad, de la última cena de año nuevo en que estuvimos juntos, en el closet solamente está su ropa y el hueco que dejó la mía, y un par de jeans que no son míos, son de hombre, pero están cortitos, pequeños, los desgarro con manos y dientes. Busco más indicios, en su cajón hay una caja de condones y no son de nuestra marca.

Me acuesto sobre la cama, huele a ella, su almohada manchada de maquillaje, yo odiaba esa almohada, ahora la acerco a mi rostro y aspiro el aroma guardado en ella, su shampoo, sus cremas su perfume personal y único, no el aroma maquillado. Una erección comienza a abultar mis pantalones, estoy llorando, gruño y bufo enfurecido. Siento que la cabeza me va a estallar.

Entro al baño y destapo su shampoo lo huelo y veo otro shampoo, uno anticaspa, ella nunca usaba de esos, supongo que es del otro, lo vacío en el inodoro, sonrío como un maniático, Hay un rastrillo masculino y un cepillo de dientes azul, el enojo disminuye mi erección y decido orinarlos, los dejo en su lugar, tomo nuevamente la almohada de ella, la huelo y comienzo a masturbarme ferozmente recordando las primeras noches, la primera tarde, la primera mañana que estuvimos juntos, sus senos acunados en sus manos, su mirada, su sonrisa coqueta, la mueca de satisfacción y gozo total, 1, 3, 6 veces. Terminé sobre la colcha nueva, en mi mente deseo demostrarme que no soy un poco hombre, que sepa ella que es la causa de mi deseo y mi locura, que sienta cómo la odio con todo mi amor.

Escucho ruidos en el cubo de la escalera, me sobresalto. Las pisadas siguen al piso de arriba, una sensación de náusea me invade, entro en la cocina y veo un par de cervezas oscuras, a ella le gustan claras, las bebo una tras otra, dejo las botellas  tiradas sobre el sofá, eructo sonoramente como nunca lo hice y antes de salir del departamento arrojo la solitaria llave sobre la mesa del comedor, miro la pequeña llave color cobre, y en un impulso la vuelvo a tomar.

Ya en la calle me prometo jamás volver. La sensación de ira no desaparece y siento como un par de lágrimas enormes escurren de mis ojos, la gente me mira como a un loco, un loco que trae cargando una almohada sucia de maquillaje y sujetando firmemente un marco con una fotografía rota por la mitad en la cual una mujer sonríe con todo su ser.

martes, 25 de noviembre de 2014

¿No nos hemos visto antes?

Las grandes pasiones empiezan igual que los grandes odios, la primera vez que ves a otra persona y te ves en ella.

Cuando nos vimos por primera vez, muy pocas cosas quedaron ocultas, no teníamos la intención de estar juntos, tal vez ambos pensamos en una aventura pasajera, algo que a ambos nos representara como actores de una comedia romántica, sin mayores antecedentes, sin preámbulos nos abrazamos y percibimos el aroma del deseo.

El beso fue tan repentino como ansiado, pero completamente inesperado, mis manos en tu espalda y tu cuello cada vez más cerca de mis labios. Esas primeras caricias y la inevitable sensación de excitación, el temor a romper el momento, la naciente necesidad de tocar, de ver, de escuchar y a la vez perderte por completo ante tantas sensaciones.

Te ofrecí mi brazo y extrañada no supieste cómo tomarlo, entrelazamos nuestros brazos y caminamos juntos por primera vez, platicamos, nos escuchamos y percibimos que ambos compartíamos esa creciente emoción, sin detenernos a pensar que esa pasión sería tan destructiva unos meses más tarde. 

No nos importó en ese momento detenernos a pensar en lo que sucedería durante la cotidiana convivencia, los miedos que fueron apareciendo detrás de las propias inseguridades, no comprendimos que esa pasión enorme que nos hacía gemir de placer, nos encontraría una noche cuanquiera sollozando de dolor.

Seguimos, nos arriesgamos y ambos perdimos. Ahora cada uno por su lado, pensando en que ese primer encuentro nunca sucedió. Cada uno en un andén diferente en la misma estación del metro, nos miramos por una milésima de segundo, nos acordamos que fue mejor no habernos conocido, el convoy naranja interrumpe esa mirada, se detiene y llega el otro tren, titubeante pensé en quedarme en el andén, en el último momento subí para darme cuenta que te habías quedado parada en el mismo lugar.

Nuevamente arrepentido por no haberme quedado, por no haber ido a buscarte, lloré. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

"Solo tan nosotros"

El nerviosismo y la excitación comparten el mismo espacio, el aroma de las velas que él se empeña en encender bajo la mirada tierna de ella, la botella de vino sin descorchar en la mesa, la falta de copas y de un sacacorchos, la cama invitándolos a ambos.

Un suspiro al unísono, la torpeza del primer encuentro, las palabras atoradas detrás de la emoción de la cercanía, segundos de observación y la eminencia del porqué coincidir en este lugar. Pensando en fracciones de segundos en el siguiente paso, darle vida a las fantasías, abrirse paso entre el humo del incienso hasta tocar el cuerpo deseado.

Ambos se evalúan, se observan, Ella siente la piel erizarse bajo su blusa, Él nota su excitación al tener su perfume, su mirada. ¿Qué se hace en estos casos? Ella se había desnudado tantas veces para él y enviado tantas imágenes, pero se sentía insegura de sí misma, de su belleza de mujer casada y mamá de una nena.

Él siempre tan solitario, deseando devorarla de inmediato, arrancarle la ropa y acariciar la piel desnuda, tantas veces imaginada, al mismo tiempo contenido, deseando no tener que dar el primer paso. Recordó el beso en la recepción del hotel y la reacción de ambos, se comenzó a acercar despacio, cazando, evaluando cada una de las posibilidades.

Ella esperando su movimiento, gritando con la mirada el deseo de ser besada nuevamente, la humedad y el calor recorriéndola en olas suaves, se acercó un par de pasos hacia él, hacia la cama. Cerró los ojos en el instante en que sintió las manos de él sobre su talle, atrayéndola despacio y firme, sin abrir los ojos comenzó a sentir los labios húmedos de su nuevo amante.

Ambos aspiraron el aroma de sus cuerpos, la ropa comenzó a caer despacio, expuestos, imperfectos y deseados ambos; el sabor de los besos, menta con cereza  y yerbabuena, la lengua tocando las comisuras de ambos juegos labios; se recorren sin prisas, se contienen ambos entre sus brazos y se acercan despacio a la cama, sonríen. Las manos sujetando el cuello o la espalda, las nalgas o muslos, el sudor condensándose entre esos cuerpos.

No hay nada que decir, sin embargo se murmuran sus nombres ficticios cerca del oído, mientras siguen lamiendo, besando, aspirando el perfume de su desnudez y la combinación de la transpiración de ambos. Se acarician, las uñas recorren hombros, brazos, piernas, rozan sin arañar, sin lastimar, anudados ahora sobre la cama, los dos tensan y relajan sus cuerpos a cada toque, a cada beso incompleto que va de la boca al cuello o a los ojos.

La respiración se acelera despacio, las palabras dulces y suaves son reemplazadas por palabras de una sola sílaba, la pasión comienza a rebasar los límites del cuerpo, en dos segundos de cordura Él la protege con una suave armadura transparente, la humedad lo invita a finalmente invadirla por completo.

Ambos cuerpos se tensan y empujan hacia el otro, resbalan, tocan, siguen los besos y un largo gemido acompaña la primera embestida, los brazos de Él a los lados del cuerpo de ella, los músculos tensos, la espalda amenazante, las miradas brillantes y emocionadas sincronizadas a la segunda embestida, el sabor de un nuevo beso, de los labios trémulos a la caricia, el arco dibujado en el cuerpo femenino y nuevos aromas almizclados y dulces, la tercera embestida, los ojos en los ojos, el cuerpo dentro del cuerpo.

Los movimientos rítmicos, el vacío en el vientre y la sensación cada vez más placentera, no hay ninguna otra sensación que aquella llevada en la mirada cómplice, las sonrisas, los gemidos, el sonido que juega un nuevo papel en los labios de Ella, miles de palabras monosilábicas, bufidos y gruñidos masculinos.


Ambos cuerpos se preparan para estallar, se miran, no dejan de mirarse, comprobando que estos instantes de realidad se convierten en algo muy superior a lo imaginado, se sacian de besos y desean más, Ella vibra y deja escapar dos, tres veces esos gritos corpóreos, En ese último estremecimiento Él se vacía en medio de un grito gutural, Ella recibe la sensación incompleta del líquido simiente. Se abrazan, lloran y se besan, ambos son uno por primera vez en la noche. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

"Nosotros tan solo"


En realidad todo inició como un juego para mí, un coqueteo que fue subiendo de tono hasta que comenzó a convertirse en una especie de droga. Nunca me imaginé llegar a sentirme contenta al platicar contigo y darte gusto al mostrar mi cuerpo. Sé lo que tengo y lo que produce en los hombres y a veces eso me ha metido en algunos problemas. No importa.

Cuando empezamos a mensajearnos me pareció interesante cómo te expresabas, me gustó leerte y picaste mi curiosidad, me reservé algunas opiniones y decidí que sería interesante seguirte la corriente; todos los hombres son iguales, se prenden con nada, nosotras somos más complejas que eso, aun así me imaginaba tus reacciones y por pura maldad te daba más cuerda, sin saber que este jueguito "inocente" me comenzaba a gustar.

Esa noche que me mandaste esa foto especial, todo cambió y creo que para bien, comencé a sentir mucha más confianza contigo que incluso con mi pareja, tal vez porque precisamente no convivíamos, porque para ti soy, citando tus palabras, una especie de diosa del sexo y aunque me gusta y siento, no soy para nada algo así, aunque me gusta jugar a que sí.

Lo más raro de todo este asunto, es que además de cómoda, me siento admirada y contenta. La convivencia se convierte en rutina y aunque amo a mi pareja, comencé a sentir una necesidad de conocerte, saber y averiguar si en realidad existía algo más que la atracción, cuando me propusiste vernos en persona todo esto pasó en segundos,  no te miento, me gusta lo que me mandas, pero por eso marqué para escucharte y descubrí algo en tu voz, calidez, deseo y eso me encendió por completo y no me limité, solamente disfruté y deseé que esa experiencia no fuera pasajera ni única.

Esa semana fue caótica para mí, tenía que encontrar un pretexto para dejar encargada a mi nena, para decirle a mi pareja que tenía que salir sin que él me quisiera acompañar, pensé en miles de pretextos, pero la fortuna o el diablo o mis ángeles guardianes lo resolvieron, él tendría un viaje de trabajo de una semana y saldría el miércoles en la noche, llegaría hasta el lunes siguiente. Por muy raro que suene no me sentía culpable, tal vez de buscar quién me cuidara a la nena, mi hermana no iba a poder y si se la llevaba a sus abuelos me preguntarían qué haría o por qué tenía que dejar a la niña.

Cuando me llamaste de la terminal pensé que no lo iba a lograr, pero mi vecina Tita me resolvió cuidar a mi hija en la casa, pero yo no me había arreglado. me iba a tardar, necesitaba depilarme las piernas, peinarme de menos, me quería poner uñas y necesitaba un día de 32 horas para todos los pendientes que tenía que hacer, en cuanto me dirigí a la puerta de la casa mi nena empezó a llorar y me ensució el vestido que me había puesto, me tuve que llevar un  cambio para vestirme en la estética después de la depilada, pero mejor me bañé de nuevo y me rasuré las piernas, me choca depilarme porque las piernas se me ponen coloradas en partes, de todas maneras no salí ilesa, con las prisas me corté un poco más abajo de la rodilla.

Ya vestida de nuevo escogí unos tacones que me encantaban pero me molían los pies, pensé que se verían lindos para esta ocasión tan especial, mientras me ponía agua oxigenada en la cortadita me descubrí que algunas partes no estaban bien rasuradas, me quise morir y fui por la maquinilla de nuevo, ahora sin incidentes. Me terminé de vestir y aunque me habías dicho que te encantaban las medias, sentí que no estaría bien salir así a la sala, las guardé en mi bolsa. Me perfumé con mi perfume favorito y coloqué un algodoncito con perfume en mi escote como me enseñó mi mamá.

Al verme al espejo y ver en medio de mis senos mi tatuaje, me sentí contenta, no soy la mujer más flaca del mundo, pero al verme con ese vestido y con mi cabello húmedo no pude más que sonreírme con esa sonrisa pícara que dices que tengo, ya había pasado una hora desde que me llamaste y todavía tenía que ir a la estética a ponerme uñas. Me siento emocionada, apurada y con muchas ganas de verte.

Recibí el primero de 45 mensajes recién me salía de mi cuarto, mi vecina jugaba con mi niña y las tuve que sobornar para que me dejaran salir. Cuando me subí al carro escuché un ruido que no había escuchado antes y de pronto se apagó recibí tus mensajes 24, 25 y 26 con ganas de llorar, por un momento sentí que el destino me estaba diciendo que no fuera a la cita, volví a arrancar el carro y alcancé a llegar a la estética. Ya le había dicho a Tony que tenía prisa y aunque tenía a dos quinceañeras esperando para que las arreglara, como soy cliente me dio preferencia. Me consintió y mientras me peinaba Tony una niña nueva me comenzó a poner las uñas, mi cel no dejaba de sonar, con los mensajes y en cuanto pude vi que tenía 15 mensajes tuyos sin leer. Desesperadito.

Tony me peinó en tiempo record, la niña nueva me tuvo que poner dos veces una uña y ya estaba desesperada, tanto o más que las quinceañeras. Cuando iba a pagar y al sacar mi monedero se cayó una de las medias, me quise morir de la pena, Tony me miró pícaramente. Finalmente salí de la estética, en el inter llegaron el resto de tus mensajes. De plano el carro ya no quiso arrancar y detuve un taxi, me sirvió para terminarme de maquillar, le di la indicación al taxista que no dejaba de ver mi escote por el retrovisor y en dos ocasiones casi choca. Suspiré hondo y terminé de pintarme los ojos.

llegué tardísimo, por lo regular no suelo ser impuntual, pero ni cómo hacerle, subí las escaleras y le pregunté al muchacho de la recepción si podía subir, me barrió el desgraciado y pensó quien sabe qué cosas, cuando sentí como me abrazabas por detrás, sentí un susto y el baboso de la recepción se rió, pero al sentir tu mano por primera vez en mi vientre, me estremeció, giré para verte y me miré en tus ojos, una humedad y un calorcito deliciosos me comenzaron a recorrer toda, sin más me besaste en los labios, me dejé llevar, después de todo este tiempo imaginándome cómo serían tus besos no me decepcionaste, me gustó sentirte tan cerca de mí, tus brazos rodeándome tocándome.


Comenzamos a caminar hacia la habitación, me ofreciste el brazo y enseguida me abrazaste por la cintura, no dijimos una sola palabra o no me acuerdo, no importa, me sentí protegida, deseada, querida, un poco perversa y otro poco malvada.